Vigésimo Cuarto Domingo de Tiempo Ordinario

09/11/2022





Antífona de la Entrada

A los que esperan en ti, Señor, concédeles tu paz, y cumple así las palabras de tus profetas; escúchame, Señor, y atiende a las plegarias de tu pueblo. (Eclesiástico 36, 15-16)



Primera Lectura

Éxodo 32, 7-11. 13-14

En aquellos días, dijo el Señor a Moisés:
«Anda, baja del monte, porque tu pueblo,
el que sacaste de Egipto, se ha pervertido.
No tardaron en desviarse del camino que yo les había señalado.
Se han hecho un becerro de metal,
se han postrado ante él y le han ofrecido sacrificios y le han dicho:
`Este es tu dios, Israel; es el que te sacó de Egipto’ «.
El Señor le dijo también a Moisés:
«Veo que éste es un pueblo de cabeza dura.
Deja que mi ira se encienda contra ellos hasta consumirlos.
De ti, en cambio, haré un gran pueblo».

Moisés trató de aplacar al Señor, su Dios, diciéndole:
«¿Por qué ha de encenderse tu ira, Señor,
contra este pueblo que tú sacaste de Egipto
con gran poder y vigorosa mano?
Acuérdate de Abraham, de Isaac y de Jacob, siervos tuyos,
a quienes juraste por ti mismo, diciendo:
Multiplicaré su descendencia como las estrellas del cielo
y les daré en posesión perpetua
toda la tierra que les he prometido’ «.

Y el Señor renunció al castigo con que había amenazado a su pueblo.



Salmo Responsorial

Salmo 50, 3-4. 12-13. 17 y 19

Respuesta:

Volveré donde mi Padre.

Estrofa 1:

Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
   por tu inmensa compasión borra mi culpa.
Lava del todo mi delito,
   limpia mi pecado.


Estrofa 2:

Oh Dios, crea en mí un corazón puro,
   renuévame por dentro con espíritu firme;
   no me arrojes lejos de tu rostro,
   no me quites tu santo espíritu.


Estrofa 3:

Señor, me abrirás los labios,
   y mi boca proclamará tu alabanza.
Mi sacrificio es un espíritu quebrantado,
   un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias.



Segunda Lectura

1 Timoteo 1, 12-17

Querido hermano:
Doy gracias a aquel que me ha fortalecido,
a nuestro Señor Jesucristo,
por haberme considerado digno de confianza al ponerme a su servicio,
a mí, que antes fui blasfemo y perseguí a la Iglesia con violencia;
pero Dios tuvo misericordia de mí,
porque en mi incredulidad obré por ignorancia,
y la gracia de nuestro Señor se desbordó sobre mí,
al darme la fe y el amor que provienen de Cristo Jesús.
Puedes fiarte de lo que voy a decirte y aceptarlo sin reservas:
que Cristo Jesús vino a este mundo a salvar a los pecadores,
de los cuales yo soy el primero.
Pero Cristo Jesús me perdonó,
para que fuera yo el primero en quien él manifestara toda su generosidad
y sirviera yo de ejemplo a los que habrían de creer en él,
para obtener la vida eterna.

Al rey eterno, inmortal, invisible, único Dios,
honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.



Aclamación antes del Evangelio

2 Corintios 5, 19

En Cristo, Dios reconciliaba al mundo con él,
   y a nosotros entregaba el mensaje de la reconciliación.



Evangelio

Lucas 15, 1-32

En aquel tiempo,
se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharlo;
por lo cual los fariseos y los escribas murmuraban entre sí:
«Este recibe a los pecadores y come con ellos».
Jesús les dijo entonces esta parábola:
«¿Quién de ustedes, si tiene cien ovejas y se le pierde una,
no deja las noventa y nueve en el campo
y va en busca de la que se le perdió hasta encontrarla?
Y una vez que la encuentra, la carga sobre sus hombros,
lleno de alegría, y al llegar a su casa,
reúne a los amigos y vecinos y les dice:
`Alégrense conmigo, porque ya encontré la oveja que se me había perdido’.
Yo les aseguro que también en el cielo
habrá más alegría por un pecador que se arrepiente,
que por noventa y nueve justos,
que no necesitan arrepentirse.

¿Y qué mujer hay, que si tiene diez monedas de plata y pierde una,
no enciende luego una lámpara
y barre la casa y la busca con cuidado hasta encontrarla?
Y cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas y les dice:
`Alégrense conmigo, porque ya encontré la moneda que se me había perdido’. Yo les aseguro que así también se alegran los ángeles de Dios
por un solo pecador que se arrepiente».

También les dijo esta parábola:
«Un hombre tenía dos hijos, y el menor de ellos le dijo a su padre:
`Padre dame la parte que me toca de la herencia’.
Y él les repartió los bienes.
No muchos días después,
el hijo menor, juntando todo lo suyo,
se fue a un país lejano y allá derrochó su fortuna,
viviendo de una manera disoluta.
Después de malgastarlo todo,
sobrevino en aquella región una gran hambre
y él empezó a pasar necesidad.
Entonces fue a pedirle trabajo a un habitante de aquel país,
el cual lo mandó a sus campos a cuidar cerdos.
Tenía ganas de hartarse con las bellotas que comían los cerdos,
pero no lo dejaban que se las comiera.
Se puso entonces a reflexionar y se dijo:
`¡Cuántos trabajadores en casa de mi padre tienen pan de sobra,
y yo, aquí, me estoy muriendo de hambre!
Me levantaré, volveré a mi padre y le diré:
Padre, he pecado contra el cielo y contra ti;
ya no merezco llamarme hijo tuyo.
Recíbeme como a uno de tus trabajadores’.
Enseguida se puso en camino hacia la casa de su padre.
Estaba todavía lejos,
cuando su padre lo vio y se enterneció profundamente.
Corrió hacia él, y echándole los brazos al cuello, lo cubrió de besos.
El muchacho le dijo:
`Padre, he pecado contra el cielo y contra ti;
ya no merezco llamarme hijo tuyo’.
Pero el padre les dijo a sus criados:
`¡Pronto!, traigan la túnica más rica y vístansela;
pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies;
traigan el becerro gordo y mátenlo.
Comamos y hagamos una fiesta,
porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida,
estaba perdido y lo hemos encontrado’.
Y empezó el banquete.

El hijo mayor estaba en el campo, y al volver,
cuando se acercó a la casa, oyó la música y los cantos.
Entonces llamó a uno de los criados y le preguntó qué pasaba.
Este le contestó:
`Tu hermano ha regresado, y tu padre mandó matar el becerro gordo,
por haberlo recobrado sano y salvo’.
El hermano mayor se enojó y no quería entrar.
Salió entonces el padre y le rogó que entrara;
pero él replicó:
`¡Hace tanto tiempo que te sirvo,
sin desobedecer jamás una orden tuya,
y tú no me has dado nunca ni un cabrito para comérmelo con mis amigos!
Pero eso sí, viene ese hijo tuyo,
que despilfarró tus bienes con malas mujeres,
y tú mandas matar el becerro gordo’.

El padre repuso:
`Hijo, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo.
Pero era necesario hacer fiesta y regocijarnos,
porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida,
estaba perdido y lo hemos encontrado’ «.



Evangelio (Forma más corta)

Lucas 15, 1-10

En aquel tiempo,
se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharlo;
por lo cual los fariseos y los escribas murmuraban entre sí:
«Este recibe a los pecadores y come con ellos».
Jesús les dijo entonces esta parábola:
«¿Quién de ustedes, si tiene cien ovejas y se le pierde una,
no deja las noventa y nueve en el campo
y va en busca de la que se le perdió hasta encontrarla?
Y una vez que la encuentra, la carga sobre sus hombros,
lleno de alegría, y al llegar a su casa,
reúne a los amigos y vecinos y les dice:
`Alégrense conmigo, porque ya encontré la oveja que se me había perdido’.
Yo les aseguro que también en el cielo
habrá más alegría por un pecador que se arrepiente,
que por noventa y nueve justos,
que no necesitan arrepentirse.

¿Y qué mujer hay, que si tiene diez monedas de plata y pierde una,
no enciende luego una lámpara
y barre la casa y la busca con cuidado hasta encontrarla?
Y cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas y les dice:
`Alégrense conmigo, porque ya encontré la moneda que se me había perdido’. Yo les aseguro que así también se alegran los ángeles de Dios
por un solo pecador que se arrepiente».



Antífona de la Comunón

Señor Dios, qué valioso es tu amor. Por eso los hombres se acogen a la sombra de tus alas. (Salmo 35, 8)

O bien:

El cáliz de bendición por el que damos gracias,es la unión de todos en la Sangre de Cristo; y el pan que partimos es la unión de todos en el Cuerpo de Cristo. (1 Cor. 10,16)





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