Trigésimo Segundo Domingo de Tiempo Ordinario

11/07/2021





Antífona de la Entrada

Que llegue hasta ti mi súplica, Señor, y encuentren acogida mis plegarias. (Salmo 87, 3)



Primera Lectura

1 Reyes 17, 10-16

En aquel tiempo,
el profeta Elías se puso en camino hacia Sarepta.
Al llegar a la puerta de la ciudad,
encontró allí a una viuda que recogía leña. La llamó y le dijo:
“Tráeme, por favor, un poco de agua para beber”.
Cuando ella se alejaba, el profeta le gritó:
“Por favor, tráeme también un poco de pan”.
Ella le respondió: “Te juro por el Señor, tu Dios,
que no me queda ni un pedazo de pan;
tan sólo me queda un puñado de harina en la tinaja
y un poco de aceite en la vasija.
Ya ves que estaba recogiendo unos cuantos leños.
Voy a preparar un pan para mí y para mi hijo.
Nos lo comeremos y luego moriremos”.

Elías le dijo: “No temas. Anda y prepárlo como has dicho;
pero primero haz un panecillo para mí y tráemelo.
Después lo harás para ti y para tu hijo,
porque así dice el Señor Dios de Israel:
‘La tinaja de harina no se vaciará,
la vasija de aceite no se agotará,
hasta el día en que el Señor envíe la lluvia sobre la tierra’”.

Entonces ella se fue, hizo lo que el profeta le había dicho
y comieron él, ella y el niño.
Y tal como había dicho el Señor por medio de Elías,
a partir de ese momento ni la tinaja de harina se vació,
ni la vasija de aceite se agotó.



Salmo Responsorial

Salmo 145, 7. 8-9a. 9bc-10

Respuesta:

Alaba, alma mía, al Señor.
O bien:
Aleluya.

Estrofa 1:

Que mantiene su fidelidad perpetuamente,
   que hace justicia a los oprimidos,
   que da pan a los hambrientos.
El Señor liberta a los cautivos.


Estrofa 2:

El Señor abre los ojos al ciego,
   el Señor endereza a los que ya se doblan,
   el Señor ama a los justos,
   el Señor guarda a los peregrinos.


Estrofa 3:

El Señor sustenta al huérfano y a la viuda
   y trastorna el camino de los malvados.
El Señor reina eternamente,
tu Dios, Sión, de edad en edad.



Segunda Lectura

Hebreos 9, 24-28

Hermanos:
Cristo no entró en el santuario de la antigua alianza,
construido por mano de hombres y que sólo era figura del verdadero,
sino en el cielo mismo,
para estar ahora en la presencia de Dios, intercediendo por nosotros.

En la antigua alianza, el sumo sacerdote entraba cada año en el santuario
para afrecer una sangre que no era la suya;
pero Cristo no tuvo que ofrecerse una y otra vez a sí mismo en sacrificio, porque en tal caso habría tenido que padecer muchas veces desde la creación del mundo.
De hecho, él se manifestó una sola vez, en el momento culminante de la historia,.
para destruir el pecado con el sacrificio de sí mismo.

Así como está determinado que los hombres mueran una sola vez
y que después de la muerte venga el juicio,
así también Cristo se ofreció una sola vez
para quitar los pecados de todos.
Al final se manifestará por segunda vez, pero ya no para quitar el pecado,
sino para salvación de aquellos que lo aguardan y en él tienen puesta su esperanza.



Aclamación antes del Evangelio

Mateo 5, 3

Felices los que tienen espíritu de pobre,
   porque de ellos es el Reino de los Cielos.



Evangelio

Marcos 12, 38-44

En aquel tiempo,
enseñaba Jesús a la multitud y le decía:
“¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplios ropajes
y recibir reverencias en las calles;
buscan los asientos de honor en las sinagogas
y los primeros puestos en los banquetes;
se echan sobre los bienes de las viudas haciendo ostentación de largos rezos. Estos recibirán un castigo muy riguroso”.

En una ocasión
Jesús estaba sentado frente a las alcancías del templo,
mirando cómo la gente echaba allí sus monedas.
Muchos ricos daban en abundancia.
En esto, se acercó una viuda pobre y echó dos moneditas de muy poco valor. Llamando entonces a sus discípulos, Jesús les dijo:
“Yo les aseguro que esa pobre viuda ha echado en la alcancía más que todos. Porque los demás han echado de lo que les sobraba;
pero ésta, en su pobreza, ha echado todo lo que tenía para vivir”.



Evangelio (Forma más corta)

Marcos 12, 41-44

En aquel tiempo, Jesús estaba sentado frente a las alcancías del templo, mirando cómo la gente echaba allí sus monedas. Muchos ricos daban en abundancia. En esto, se acercó una viuda pobre y echó dos moneditas de muy poco valor. Llamando entonces a sus discípulos, Jesús les dijo: “Yo les aseguro que esa pobre viuda ha echado en la alcancía más que todos. Porque los demás han echado de lo que les sobraba; pero ésta, en su pobreza, ha echado todo lo que tenía para vivir”.



Antífona de la Comunón

El Señor es mi pastor, nada me falta; en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas para reparar mis fuerzas. (Salmo 22, 1-2)

O bien:

Los discípulos reconocieron al Señor Jesús cuando partió el pan. (Lucas 24, 35)





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