El Cuarto Domingo de Tiempo Ordinario, Año C: Segunda Lectura

1 Corintios 12, 31 - 13, 13

Hermanos:
Aspiren a los dones de Dios más excelentes.
Voy a mostrarles el camino mejor de todos.
Aunque yo hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles,
si no tengo amor,
no soy más que una campana que resuena o unos platillos que aturden. Aunque yo tuviera el don de profecía y penetrara todos los misterios, aunque yo poseyera en grado sublime el don de ciencia
y mi fe fuera tan grande como para cambiar de sitio las montañas,
si no tengo amor, nada soy.
Aunque yo repartiera en limosna todos mi bienes
y aunque me dejara quemar vivo,
si no tengo amor, de nada me sirve.

El amor es comprensivo,
el amor es servicial y no tiene envidia;
el amor no es presumido ni se envanece;
no es grosero ni egoísta;
no se irrita ni guarda rencor;
no se alegra con la injusticia, sino que goza con la verdad.
El amor disculpa sin límites, confía sin límites,
espera sin límites, soporta sin límites.
El amor dura por siempre;
en cambio, el don de profecía se acabará;
el don de lenguas desaparecerá y el don de ciencia dejará de existir, porque nuestros dones de ciencia y de profecía son imperfectos.
Pero cuando llegue la consumación, todo lo imperfecto desaparecerá. Cuando yo era niño, hablaba como niño,
sentía como niño y pensaba como niño;
pero cuando llegué a ser hombre, hice a un lado las cosas de niño.
Ahora vemos como en un espejo y oscuramente,
pero después será cara a cara.
Ahora sólo conozco de una manera imperfecta,
pero entonces conoceré a Dios como él me conoce a mí.
Ahora tenemos estas tres virtudes:
la fe, la esperanza y el amor;
pero el amor es la mayor de las tres.