Décimo Domingo del Tiempo Ordinario, Año B: Segunda Lectura
2 Corintios 4, 13 - 5, 1
Hermanos:
Tenemos el mismo don espiritual de fe
por el que uno escribió: Creí y por eso hablé.
También nosotros creemos, y por eso hablamos.
Sabemos que Aquel que resucitó a Jesús,
nos resucitará también con Jesús,
y nos pondrá cerca de él junto a ustedes.
Sí, todo esto es por ustedes,
para que la gracia de Dios se multiplique en ustedes
y sean más numerosos los que den gracias para gloria de Dios.
Por eso no nos desanimamos.
Al contrario, mientras nuestro exterior se va destruyendo,
nuestro hombre interior se va renovando día a día.
La prueba ligera y que pronto pasa
nos prepara para la eternidad una riqueza de gloria tan grande que no se puede comparar.
Nosotros, pues, no nos fijamos en lo que se ve, sino en lo invisible,
ya que las cosas visibles duran un momento y las invisibles son para siempre. Sabemos que al destruirse la casa terrenal o,
mejor dicho, nuestra tienda de campaña,
Dios nos tiene reservado un edificio no levantado por mano de hombre,
una casa para siempre en los cielos.