El Vigésimo Segundo Domingo del Tiempo Ordinario, Año A

30-08-2026


Salmos Responsoriales





Antífona de la Entrada

Dios mío, ten piedad de mí, pues sin cesar te invoco.
Tú eres bueno y clemente,
y rico en misericordia con quien te invoca.
(Salmo 85, 3.5)



Primera Lectura

Jeremías 20, 7-9

Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; fuiste más fuerte que yo y me venciste. He sido el hazmerreír de todos; día tras día se burlan de mí. Desde que comencé a hablar, he tenido que anunciar a gritos violencia y destrucción. Por anunciar la palabra del Señor, me he convertido en objeto de oprobio y de burla todo el día. He llegado a decirme: “Ya no me acordaré del Señor ni hablaré más en su nombre”. Pero había en mí como un fuego ardiente, encerrado en mis huesos; yo me esforzaba por contenerlo y no podía.



Salmo Responsorial

Salmo 62, 2-9

Respuesta:

Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío.

Estrofa 1:

Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo,
   mi alma está sedienta de ti;
   mi carne tiene ansia de ti,
   como tierra reseca, agostada, sin agua.


Estrofa 2:

¡Cómo te contemplaba en el santuario
   viendo tu fuerza y tu gloria!
Tu gracia vale más que la vida,
   te alabarán mis labios.


Estrofa 3:

Toda mi vida te bendeciré
   y alzaré las manos invocándote.
Me saciaré como de enjundia y de manteca
   y mis labios te alabarán jubilosos.


Estrofa 4:

Porque fuiste mi auxilio,
   y a la sombra de tus alas canto con júbilo,
   mi alma está unida a ti,
   y tu diestra me sostiene.



Segunda Lectura

Romanos 12, 1-2

Hermanos: Por la misericordia que Dios les ha manifestado, los exhorto a que se ofrezcan ustedes mismos como una ofrenda viva, santa y agradable a Dios, porque en esto consiste el verdadero culto. No se dejen transformar por los criterios de este mundo, sino dejen que una nueva manera de pensar los transforme internamente, para que sepan distinguir cuál es la voluntad de Dios, es decir, lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto.



Aclamación antes del Evangelio

Efesios 1, 17-18

El Padre de nuestro Señor Jesucristo ilumine los ojos de nuestro corazón,
   para que veamos la herencia gloriosa que Dios nos ha reservado.



Evangelio

Mateo 16, 21-27

En aquel tiempo, comenzó Jesús a anunciar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén para padecer allí mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que tenía que ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.

Pedro se lo llevó aparte y trató de disuadirlo, diciéndole: “No lo permita Dios, Señor. Eso no te puede suceder a ti”. Pero Jesús se volvió a Pedro y le dijo: “¡Apártate de mí, Satanás, y no intentes hacerme tropezar en mi camino, porque tu modo de pensar no es el de Dios, sino el de los hombres!”

Luego Jesús dijo a sus discípulos: “El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero, si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar uno a cambio para recobrarla?

Porque el Hijo del hombre ha de venir rodeado de la gloria de su Padre, en compañía de sus ángeles, y entonces le dará a cada uno lo que merecen sus obras”.



Antífona de Comunión

Qué grande es tu bondad, Señor,
que tienes reservada para tus fieles.
(Salmo 30, 20)

O bien:

Antífona de Comunión 2

Dichosos los que trabajan por la paz,
porque serán llamados hijos de Dios.
Dichosos los perseguidos por causa de la justicia,
porque de ellos es el reino de los cielos.
(Mateo 5, 9.10)





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Rebecca De La Torre