El Quinto Domingo de Cuaresma

06-04-2025




Antífona de la Entrada

Señor, hazme justicia.
Defiende mi causa contra gente sin piedad,
sálvame del hombre injusto y malvado,
tú que eres mi Dios y mi defensa.
(Salmo 42, 1.2)

(Nueva traducción)
Señor, hazme justicia.
Defiende mi causa contra la gente sin piedad,
sálvame del hombre traidor y malvado,
tú que eres mi Dios y mi defensa.
(Salmo 42, 1.2)



Primera Lectura

Isaías 43, 16-21

Esto dice el Señor,
que abrió un camino en el mar
y un sendero en las aguas impetuosas,
el que hizo salir a la batalla a un formidable ejército de carros y caballos,
que cayeron y no se levantaron,
y se apagaron como una mecha que se extingue:
“No recuerden lo pasado ni piensen en lo antiguo;
yo voy a realizar algo nuevo.
Ya está brotando. ¿No lo notan?
Voy a abrir caminos en el desierto
y haré que corran los ríos en la tierra árida.
Me darán gloria las bestias salvajes,
los chacales y las avestruces,
porque haré correr agua en el desierto, y ríos en el yermo,
para apagar la sed de mi pueblo escogido.
Entonces el pueblo que me he formado proclamará mis alabanzas”.



Salmo Responsorial

Salmo 125, 1-6

Respuesta:

El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres.

Estrofa 1:

Cuando el Señor cambió la suerte de Sión,
nos parecía soñar:
la boca se nos llenaba de risas,
la lengua de cantares.


Estrofa 2:

Hasta los gentiles decían: “El Señor
ha estado grande con ellos”.
El Señor ha estado grande con nosotros,
y estamos alegres.


Estrofa 3:

Que el Señor cambie nuestra suerte,
como los torrentes del Negueb.
Los que sembraban con lágrimas,
cosechan entre cantares.


Estrofa 4:

Al ir, iban llorando,
llevando la semilla;
al volver, vuelven cantando,
trayendo sus gavillas.



Segunda Lectura

Filipenses 3, 7-14

Hermanos:
Todo lo que era valioso para mí,
lo consideré sin valor a causa de Cristo.
Más aún pienso que nada vale la pena en comparación con el bien supremo, que consiste en conocer a Cristo Jesús, mi Señor,
por cuyo amor he renunciado a todo,
y todo lo considero como basura,
con tal de ganar a Cristo y de estar unido a él,
no porque haya obtenido la justificación que proviene de la ley,
sino la que procede de la fe en Cristo Jesús,
con la que Dios hace justos a los que creen.
Y todo esto, para conocer a Cristo,
experimentar la fuerza de su resurrección,
compartir sus sufrimientos y asemejarme a él en su muerte,
con la esperanza de resucitar con él de entre los muertos.

No quiero decir que haya logrado ya ese ideal o que sea ya perfecto,
pero me esfuerzo en conquistarlo,
porque Cristo Jesús me ha conquistado.
No, hermanos, considero que todavía no lo he logrado.
Pero eso sí, olvido lo que he dejado atrás,
y me lanzo hacia adelante,
en busca de la meta y del trofeo al que Dios,
por medio de Cristo Jesús, nos llama desde el cielo.



Aclamación antes del Evangelio

Joel 2, 12-13

Ahora, dice el Señor, vuelvan a mí de todo corazón,
porque soy bondadoso y compasivo.



Evangelio

Juan 8, 1-11

En aquel tiempo,
Jesús se retiró al monte de los Olivos
y al amanecer se presentó de nuevo en el templo,
donde la multitud se le acercaba;
y él, sentado entre ellos, les enseñaba.
Entonces los escribas y fariseos le llevaron a una mujer
sorprendida en adulterio,
y poniéndola frente a él, le dijeron:
“Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio.
Moisés nos manda en la ley apedrear a estas mujeres.
¿Tú que dices?”
Le preguntaban esto para ponerle una trampa y poder acusarlo.
Pero Jesús se agachó y se puso a escribir en el suelo con el dedo.
Pero como insistían en su pregunta, se incorporó y les dijo:
“Aquel de ustedes que no tenga pecado,
que le tire la primera piedra”.
Se volvió a agachar y siguió escribiendo en el suelo.
Al oír aquellas palabras,
los acusadores comenzaron a escabullirse uno tras otro,
empezando por los más viejos,
hasta que dejaron solos a Jesús y a la mujer,
que estaba de pie, junto a él.
Entonces Jesús se enderezó y le preguntó:
“Mujer, ¿dónde están los que te acusaban?
¿Nadie te ha condenado?”
Ella le contestó: “Nadie, Señor”.
Y Jesús le dijo: “Tampoco yo te condeno.
Vete y ya no vuelvas a pecar”.



Antífona de Ofertorio

Te alabaré a ti, Señor, con todo mi corazón:
haz un bien a tu siervo:
viviré y guardaré tus palabras:
vivifícame según tu palabra, Señor.
(Salmo 118, 7. 17. 25b)

Antífona de Comunión

Cuando se lee el Evangelio de Lázaro (Año A):

Todo el que está vivo y cree en mí,
no morirá para siempre, dice el Señor.
(Juan 11,26)

O bien:

Antífona de Comunión 2

Cuando se ha leído el Evangelio de la mujer adúltera (Año C):

¿Nadie te ha condenado, mujer? Nadie, Señor.
Yo tampoco te condeno. Ya no vuelvas a pecar.
(Juan 8, 10.11)

O bien:

Antífona de Comunión 3

Cuando se ha leído otro Evangelio (Año B):

Yo les aseguro que
si el grano de trigo sembrado en la tierra,
no muere, queda infecundo;
pero si muere, producirá mucho fruto.
(Juan 12, 24.25)





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