La Sagrada Familia

27-12-2026





Antífona de la Entrada

Llegaron los pastores a toda prisa y encontraron a María y a José,
y al niño recostado en un pesebre.
(Lucas 2, 16)



Primera Lectura

Génesis 15, 1-6; 21, 1-3

En aquel tiempo, el Señor se le apareció a Abram y le dijo:
“No temas, Abram.
Yo soy tu protector y tu recompensa será muy grande”.
Abram le respondió:
“Señor, Señor mío, ¿qué me vas a poder dar, puesto que voy a morir sin hijos? Ya que no me has dado descendientes, un criado de mi casa será mi heredero”.

Pero el Señor le dijo:
“Ese no será tu heredero, sino uno que saldrá de tus entrañas”.
Y haciéndolo salir de la casa, le dijo:
“Mira el cielo y cuenta las estrellas, si puedes”.
Luego añadió: “Así será tu descendencia”.
Abram creyó lo que el Señor le decía, y por esa fe,
el Señor lo tuvo por justo.

Poco tiempo después, el Señor tuvo compasión de Sara,
como lo había dicho y le cumplió lo que le había prometido.
Ella concibió y le dio a Abraham un hijo en su vejez,
en el tiempo que Dios había predicho.
Abraham le puso por nombre Isaac al hijo que le había nacido de Sara.



Salmo Responsorial

Salmo 104, 1b-2. 3-4. 5-6. 8-9

Respuesta:

El Señor se acuerda de su alianza eternamente.

Estrofa 1:

Den a conocer las hazañas del Señor a los pueblos;
   cántenle al son de instrumentos,
   hablen de sus maravillas.


Estrofa 2:

Gloríense de su nombre santo,
   que se alegren los que buscan al Señor.
Recurran al Señor y a su poder,
   busquen continuamente su rostro.


Estrofa 3:

Recuerden las maravillas que hizo,
   sus prodigios, las sentencias de su boca.
¡Estirpe de Abraham, su siervo,
   hijos de Jacob, su elegido!


Estrofa 4:

Se acuerda de su alianza eternamente,
   de la palabra dada, por mil generaciones;
   de la alianza sellada con Abraham,
   del juramento hecho a Isaac.



Segunda Lectura

Hebreos 11, 8. 11-12. 17-19

Hermanos:
Por su fe, Abraham, obediente al llamado de Dios,
y sin saber a dónde iba,
partió hacia la tierra que habría de recibir como herencia.
Por su fe, Sara, aun siendo estéril y a pesar de su avanzada edad,
pudo concebir un hijo,
porque creyó que Dios habría de ser fiel a la promesa;
y así, de un solo hombre, ya anciano,
nació una descendencia, numerosa como las estrellas del cielo
e incontable como las arenas del mar.
Por su fe, Abraham, cuando Dios le puso una prueba,
se dispuso a sacrificar a Isaac, su hijo único,
garantía de la promesa, porque Dios le había dicho:
De Isaac nacerá la descendencia que ha de llevar tu nombre.
Abraham pensaba, en efecto, que Dios tiene poder hasta para resucitar a los muertos; por eso le fue devuelto Isaac,
que se convirtió así en un símbolo profético.



Aclamación antes del Evangelio

Hebreos 1, 1-2

En diversas ocasiones
   Dios habló a nuestros padres por medio de los profetas,
   hasta que en estos días, que son los últimos,
   nos habló por medio de su Hijo.



Evangelio

Lucas 2, 22-40

Transcurrido el tiempo de la purificación de María,
según la ley de Moisés,
ella y José llevaron al niño a Jerusalén
para presentarlo al Señor,
[de acuerdo con lo escrito enla ley:
Todo primogénito varón será consagrado al Señor,
y también para ofrecer, como dice la ley,
un par de tórtolas o dos pichones.

Vivía en Jerusalén un hombre llamado Simeón,
varón justo y temeroso de Dios, que aguardaba el consuelo de Israel;
en él moraba el Espíritu Santo,
el cual le había revelado que no moriría sin haber visto antes al Mesías del Señor.
Movido por el Espíritu, fue al templo,
y cuando José y María entraban con el niño Jesús para cumplir con lo prescrito por la ley,
Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios, diciendo:

“Señor, ya puedes dejar morir en paz a tu siervo,
según lo que me habías prometido,
porque mis ojos han visto a tu Salvador,
al que has preparado para bien de todos los pueblos;
luz que alumbra a las naciones
y gloria de tu pueblo, Israel”.

El padre y la madre del niño estaban admirados de semejantes palabras. Simeón los bendijo, y a María, la madre de Jesús, le anunció:
“Este niño ha sido puesto para ruina y resurgimiento de muchos en Israel,
como signo que provocará contradicción,
para que queden al descubierto los pensamientos de todos los corazones.
Y a ti, una espada te atravesará el alma”.

Había también una profetisa, Ana,
hija de Fanuel, de la tribu de Aser.
Era una mujer muy anciana.
De joven, había vivido siete años casada y tenía ya ochenta y cuatro años de edad.
No se apartaba del templo ni de día ni de noche,
sirviendo a Dios con ayunos y oraciones.
Ana se acercó en aquel momento,
dando gracias a Dios y hablando del niño
a todos los que aguardaban la liberación de Israel.

Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor,
se volvieron a Galilea,
a su ciudad de Nazaret.
El niño iba creciendo y fortaleciéndose, se llenaba de sabiduría
y la gracia de Dios estaba con él.



Antífona de Ofertorio

En ti espero, Señor:
yo dije: tu eres mi Dios,
en tus manos está mi destino.
T.P. Aleluya.
(Salmo 30, 15 – 16a)

Antífona de Comunión

Nuestro Dios apareció en el mundo y convivió con los hombres.
(Baruc 3, 38)





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