La Sagrada Familia, Año C

29-12-2024





Antífona de la Entrada

Llegaron los pastores a toda prisa y encontraron a María y a José,
y al niño recostado en un pesebre.
(Lucas 2, 16)



Primera Lectura

1 Samuel 1, 20-22. 24-28

En aquellos días, Ana concibió,
dio a luz un hijo y le puso por nombre Samuel, diciendo:
“Al Señor se lo pedí”.
Después de un año, Elcaná, su marido,
subió con toda la familia para hacer el sacrificio anual para honrar al Señor y para cumplir la promesa que habían hecho,
pero Ana se quedó en su casa.

Un tiempo después, Ana llevó a Samuel,
que todavía era muy pequeño, a la casa del Señor, en Siló,
y llevó también un novillo de tres años,
un costal de harina y un odre de vino.
Una vez sacrificado el novillo,
Ana presentó el niño a Elí y le dijo:
“Escúchame, señor:
te juro por mi vida que yo soy aquella mujer que estuvo junto a ti,
en este lugar, orando al Señor.
Este es el niño que yo le pedía al Señor
y que él me ha concedido.
Por eso, ahora yo se lo ofrezco al Señor,
para que le quede consagrado de por vida”.
Y adoraron al Señor.



Salmo Responsorial

Salmo 83, 2-3. 5-6. 9-10

Respuesta:

Dichosos los que viven en tu casa, Señor.

Estrofa 1:

¡Qué deseables son tus moradas,
   Señor de los ejércitos!
Mi alma se consume y anhela
   los atrios del Señor,
   mi corazón y mi carne
   retozan por el Dios vivo.


Estrofa 2:

Dichosos los que viven en tu casa,
   alabándote siempre.
Dichosos los que encuentran en ti su fuerza
   al preparar su peregrinación.


Estrofa 3:

Señor de los ejércitos, escucha mi súplica;
   atiéndeme, Dios de Jacob.
Fíjate, oh Dios, en nuestro Escudo,
   mira el rostro de tu Ungido.



Segunda Lectura

1 Juan 3, 1-2. 21-24

Queridos hijos: Miren cuánto amor nos ha tenido el Padre, pues no sólo nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos. Si el mundo no nos reconoce, es porque tampoco lo ha reconocido a él.

Hermanos míos, ahora somos hijos de Dios, pero aún no se ha manifestado cómo seremos al fin. Y ya sabemos que, cuando él se manifieste, vamos a ser semejantes a él, porque lo veremos tal cual es. Si nuestra conciencia no nos remuerde, entonces, hermanos míos, nuestra confianza en Dios es total. Puesto que cumplimos los mandamientos de Dios y hacemos lo que le agrada, ciertamente obtendremos de él todo lo que le pidamos. Ahora bien, éste es su mandamiento: que creamos en la persona de Jesucristo, su Hijo, y nos amemos los unos a los otros, conforme al precepto que nos dio. Quien cumple sus mandamientos permanece en Dios y Dios en él. En esto conocemos, por el Espíritu que él nos ha dado, que él permanece en nosotros.



Aclamación antes del Evangelio

Cf. Hechos de los Apóstoles 16, 14b

Abre, Señor, nuestro corazón,
   para que aceptemos las Palabras de tu Hijo.



Evangelio

Lucas 2, 41-52

Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén
para las festividades de la Pascua.
Cuando el niño cumplió doce años,
fueron a la fiesta, según la costumbre.
Pasados aquellos días, se volvieron,
pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén,
sin que sus padres lo supieran.
Creyendo que iba en la caravana, hicieron un día de camino;
entonces lo buscaron, y al no encontrarlo,
regresaron a Jerusalén en su busca.
Al tercer día lo encontraron en el templo,
sentado en medio de los doctores,
escuchándolos y haciéndoles preguntas.
Todos los que lo oían se admiraban de su inteligencia
y de sus respuestas.
Al verlo, sus padres se quedaron atónitos
y su madre le dijo:
“Hijo mío, ¿por qué te has portado así con nosotros?
Tu padre y yo te hemos estado buscando, llenos de angustia”.
Él les respondió:
“¿Por qué me andaban buscando?
¿No sabían que debo ocuparme en las cosas de mi Padre?”
Ellos no entendieron la respuesta que les dio.
Entonces volvió con ellos a Nazaret y siguió sujeto a su autoridad.
Su madre conservaba en su corazón todas aquellas cosas. J
esús iba creciendo en saber, en estatura
y en el favor de Dios y de los hombres.



Antífona de Ofertorio

En ti espero, Señor:
yo dije: tu eres mi Dios,
en tus manos está mi destino.
T.P. Aleluya.
(Salmo 30, 15 – 16a)

Antífona de Comunión

Nuestro Dios apareció en el mundo y convivió con los hombres.
(Baruc 3, 38)





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